martes, 6 de enero de 2015

Amores de perros locos




                Mi condena se había decidido. No había marcha atrás. El tribunal sentenció que debía ser internado en un psiquiátrico. El primer menor en ser condenado a esto en la historia de mi ciudad.
                Mis padres, muertos por la vergüenza, me enviaron lejos, muy lejos. Lejos de donde cualquier familiar pudiera venir a verme.
                Yo no creo que fuera mi culpa, realmente no puedo hacer nada. No soy mala gente, sólo hay un interruptor roto en mí. Eso me dijeron cuando era pequeño. Por más que lo intento, no consigo arreglarlo. Y siempre que se activa, no puedo parar.
                Al menos pude entrar como una persona normal al edificio donde me tratarían como un perro. Era un imponente edificio de piedra y tejado a dos aguas. Una nave de hormigón donde atar a los que como yo, no teníamos cabida en la sociedad.  Las ventanas estaban cubiertas por rejas para evitar fugas, y además, el terreno estaba completamente vallado. Si escapabas de la primera reja, aún te quedaba la segunda. Una bonita prisión para perros.
                El hall era inmenso, como los de cualquier edificio respetable. Incluso los perros tienen derecho a aparentar que viven en un lugar mejor del que lo hacen.  Los guardias me acompañaron a mi habitación. Incluso podría haber pasado por un registro formal en un hotel si no oyera todo el rato el ruido de sus porras rozando con el pantalón. Siempre el mismo ruido, enervante, inmutable.
                Me tocó la habitación quinientos doce.  Habitación única. Claro, los perros no comparten la caseta.
                No tardé en acostumbrarme a la habitación. Una cama, una mesa de noche, un armario, una butaca junto a la ventana, una mesa y una silla junto a la pared. Todos tenían los bordes redondeados, no fuera que los perros se hicieran daño contra las esquinas.
                El psiquiatra no tardó en llegar. Supongo que es formalidad que el dueño se presente a su mascota.  Era un hombre de pelo cano y gestos rudos. Llevaba barba poblada y sus ojos daban la sensación de que había perdido la fe en su trabajo. Dijo llamarse Pablo, que no quería tratos formales e inquirió en verificar algunos datos de mi expediente.
                -¿Así que te llamas Daniel y tienes diecisiete años? Demasiado joven...
                Asentí.
                -Según leo, tienes un problema de control de emociones severo. Tu historial es bastante fuerte. ¿Siempre ha sido así?
                Volví a asentir, no tenía ganas de hablar, no me sentía cómodo siendo un perro al cual miraban el pedigrí.
                -¿Estás seguro y afirmas conscientemente que todo lo que ha pasado aquí, es cierto?
                Asentí de nuevo.
                -¿Eras plenamente consciente de tus actos? ¿Lo hacías por voluntad propia?
                Negué. Eso no iba a tolerarlo.
                - Cuando se me activa el interruptor, no puedo hacer nada. No puedo discernir lo que está bien o mal. Solo siento que mi ira no puede apagarse. Sí, todo es verdad. Aquel cachorro no paraba de gemir y me molestaba. Le grité para que se fuera y él volvió. Y se me activó el chip, no me pareció mal romperle el cuello en ese momento. Estaba cabreado y no había forma de calmarme. Tampoco me pareció mal arrojarle una silla a la profesora de clase. Tampoco tirarle una piedra a ese estúpido chino que no paraba de mirarle como un ladrón. Si a usted eso le parece ser consciente, entonces, lo era.
                El psiquiatra pareció sonreír. Hijo de puta, ¿se reía de mí? Un sudor frío me recorrió la espalda. Me estaba empezando a cabrear ese hombre.
                -Entonces esto parece sencillo, un caso mal llevado. Hay esperanza. Empezaremos con carbonato de litio en dosis medias para...
                Otro inútil más.
                -¡YA HE TOMADO TODA ESA MIERDA! ¡HE TOMADO TEGRETOL, DEPAKOTE, HALDON, RISPERDAL! HE TOMADO TODA ESA BASURA QUE VENDÍAN COMO LA PANACEA, ¡Y NO SIRVE PARA UNA MIERDA!
                El pobre doctor palideció, me acababa de reír de él en su cara, le acaba de demostrar que no se distinguía de los psicólogos que me habían mandado esos medicamentos (mis padres tenían contactos, y si podían conseguir medicamentos de manera ilegal para ,no destacar, lo hacían, gente de apariencias).
                Creo que me iba a preguntar por qué conocía todos esos medicamentos. Pero su expresión cambió. El también se enfadaba.
                -Entonces empezaremos con una dosis de morfina para controlar su estado anímico. Mañana utilizaremos una terapia de pulsos eléctricos.
                A los diez minutos la enfermera vino, me pinchó la morfina y el mundo pareció algo más decente para un perro drogado como yo.
                A la mañana siguiente tuvieron a cuenta enseñarle la casa al perro. Me dieron un horario y las libertades (si es que a eso se le puede llamar así) que teníamos. No tardé en abusar de la de ir al patio. Sólo quería estar tranquilo. Hoy había oído el roce de dos porras de los guardias. Y aunque lejano y profundo por efecto de la morfina, oía al interruptor intentando encenderse.
                Encontré consuelo en un árbol. Me recosté contra el tronco. Y dejé que mis sentidos débiles por aquella maldita droga, disfrutaran de un día de verano. Casi me duermo.
                Pero un ser extraño vino a conocerme. Claro, otro perro. Aunque su voz me llamó la atención. Era dulce y suave. Seguía barajando la opción de abrir los ojos, mientras ella seguía hablando.
                -¿Eres nuevo aquí verdad? Es un sitio agradable si te acostumbras. Me llamo Erika, encantada. Espero que te guste el sitio.
                Al final abrí los ojos, Erika era un nombre bonito. Aunque ella era una chica normal. Tenía el pelo negro recogido en un moño y la piel blanca. Sólo había algo más blanco todavía, su sonrisa. Me miraba con felicidad, un perrito feliz.
                 Mis hormonas eran más fuerte que mi mente depresiva, así que saludé.
                -Encantado. Me llamo Daniel y he entrado ayer. Voy drogado de morfina así que puede que tarde un poco en responder.
                Al parecer mis hormonas no le sacaban tanta fuerza a mi mente.
                Sin embargo a ella le hizo gracia.
                -¿Y por qué estás aquí? Yo me deprimo a menudo y no paro de intentar suicidarme.
                Con una facilidad terriblemente dramática se levantó la blusa y me enseñó como las vendas que envolvían sus brazos.
                Me quedé helado, yo era un perro a ojos de la sociedad, ¿ella que sería para ellos? Tuve ganas de abrazarla, y decirle que no valía la pena. Pero ella sonriendo me volvió a preguntar mi motivo.
                -He hecho cosas horribles, no puedo controlar mi ira. No sé si es mi culpa, pero no puedo controlarme. Una vez que todo empieza, todo se escapa de las manos.
                Ella me miraba con curiosidad.
                -¿Y qué te hace enfadar?
                Era una buena pregunta.
                -No lo sé, muchas cosas que me molestan, ahora mismo el roce de la porra de los guardas. Me pone histérico.
                Ella se sentó conmigo. Le había interesado bastante.
                -¿Y si te pellizco, te enfadarás?
                Lo intentó, pero era débil. No tenía fuerza. Nada, como si se hubiera cortado demasiadas veces y sus brazos nunca se hubieran curado del todo.
                -No, pero ahora me preocupo por ti. ¿Por qué te intentas suicidar?
                Ella siguió intentando pellizcarme con fuerza. Intentos fallidos.
                -Porque la vida no promete nada a las personas como yo. No  vengo de familia rica. No soy la más bonita de clase, ni la más lista. No se me dan bien los deportes ni destaco en ninguna actividad. Todos mis hobbys fracasan. No tengo sueños, ¿vale la pena vivir sin sueños? Yo creo que no.
                Su mente era más depresiva que la mía. Sentí ganas de abrazarla con mucha fuerza.
                -¿Y no te duele cuando te cortas?
                -No. Bueno, claro que duele. Pero no pienso, mi cuerpo se concentra en el dolor y dejo de pensar en todas las cosas malas que me prepara el destino oscuro. Dejo de pensar que voy a la deriva y que hago algo porque quiero, aunque sea el final.
                De verdad, quería abrazarla. Ella habló primero.
                -Me rindo en esto de intentar pellizcarte, veo que no lo consigo. Tengo algo de frío, algo extraño en un día de verano. ¿Me das algo de calor?
                Se acurrucó junto a mí. Como si fuéramos amigos de toda la vida o una pareja primeriza. Aunque sólo éramos dos perros abandonados apoyados en el tronco de un árbol.
                                                                               *
                Los días pasaron sin ninguna mejoría. La electricidad en mi cuerpo me hacía gritar y me mataba de dolor. La morfina me adormecía.
                La vida allí era aburrida y trágica. Una muerte continua. Parecía un anciano olvidado en un asilo barato. Gracias al cielo, aún quedaba Erika.
                Nuestra relación se había hecho más fuerte. Pasábamos mucho tiempo juntos. Ella me hacía olvidar el dolor y despertaba un poco a mi cuerpo. Nos habíamos besado varias veces y me habría hecho volver a tener erecciones (mi estado anímico había hecho que me olvidara de mi sexualidad por un tiempo indefinido). Ella dijo que quería probar una cosa de mi ira.
                Aquel día fuimos detrás del cobertizo de los útiles de jardinería. Ella se desnudó y tiró su ropa al suelo. Era bonita. Aunque todo su cuerpo tenía cicatrices, era bonita. Me impidió desnudarme y me hizo acostarme de lado junto a ella.
                -¿Harás lo que yo te pida y solo lo que yo te pida, vale?
                Asentí.
                Metió su mano derecha en mi pantalón y me agarró con la poca fuerza que tenía. Luego con su mano izquierda tomó mi mano derecha y me hizo acariciarla. Acariciar su sexo. Estaba húmeda y sonrió al notar que mi miembro viril se llenaba de energía.
                -Solo vas a acariciarme mientras me besas. Puedes ponerte encima de mi, pero sólo me puedes acariciar. Nada más.
                Me puse encima de ella. Ella seguía jugando en mi pantalón y yo jugando con su piel al aire. Mis dedos se manchaban. La besé con fuerza por toda la energía de mi interior.
                Quería más. Quería  penetrarla allí y ahora. Quería hacerla gemir y que me doliera todo el cuerpo. Quería envolvernos en sudor. Y tenía que aguantar porque ella me lo pedía.
                Lo notaba, a lo lejos "clic, clic, clic, clic". El interruptor intentaba encenderse.
                Ella me sonreía y notaba como mis ojos se inyectaban en sangre. Me susurró al oído. "Yo sé que puedes, si quieres algo más, mis pechos son tuyos, pero no dejes de acariciar".
                Casi me parto el cuello al bajar violentamente a buscar sus pezones tibios. Como un helado en el desierto. Jugué con ellos y me aprendí su sabor. Ella no paraba de jugar con mi pantalón  y yo no dejaba de acariciarla.
                Pronto dejó de bastarme, "clic, clic, clic, clic". Necesitaba más. Necesitaba mucho más.
                Erika me abrazó. Volvió a susurrarme: "Dejare que tus dedos entren y me hagas gemir, dejaré que hagas lo que quieras con mis pechos, puedes tocar cualquier parte de mi cuerpo que desees. Si te hace ilusión puedo besar tu pene y lamerlo. Pero nunca debes penetrarme. Yo sé que puedes resistir".
                Vino un torbellino de sensaciones que ni la morfina pudo apagar. El interruptor solo paraba quince segundos. Masturbarla y oírla gemir y llorar de placer, me dejó más tranquilo. Pero volvía el "clic, clic, clic, clic" a cada rato. Ella me hacia una felación suave y lenta. Yo quería algo salvaje y rápido, no podía aguantar así. "clic, clic, clic, clic". Tenía que ayudarme. Sus piernas estaban manchadas de su sexualidad, podía olerlo. Mis dedos estaban manchados. ¿Por qué no me dejaba penetrarla?  "Clic, clic, clic, clic".
                Y de repente. Sin esperarlo, llegó mi orgasmo. Y  el interruptor dejó de sonar.
                Caí a su lado. Tendido. En mitad de la ansiedad de mi mente, ella había seguido haciendo disfrutar a mi cuerpo y mi cuerpo había reaccionado.  Lo conseguí.
                Vencí al maldito interruptor. Me invadió un éxtasis de alegría.
                La miré a los ojos sonriendo. Ella abrió la boca pero no salieron palabras. Salió el sonido del roce de la porra de los guardas.
                Una y otra vez, una y otra vez.
                Y me desperté.  Intenté ubicarme.  Estaba en una habitación de aislamiento, con los brazos atados.  Había poca luz, venía de la puerta, donde estaba el  sonido. Miré hacia ella. La rejilla estaba abierta. Esa era la fuente de luminosidad. Un guarda miraba por ahí.
                - Maldito loco hijo de puta. Llevas veinte años aquí y no dejas de gritar el nombre de Erika.
                Detrás de él se oía el sonido de la porra rozando con el pantalón. Otro guarda nervioso que caminaba de lado a lado. Se paro y preguntó: "¿Quién es Erika?"
                El hombre de detrás de la puerta no dejaba de mirarme.
                -Era un paciente como él. Una chica con tendencias suicidas. Este bastardo la estranguló detrás del cobertizo del jardín y la violó durante horas. Maldito hijo de puta.               

                La rejilla se cerró, y yo me quedé abandonado en la oscuridad. "Clic, clic, clic, clic".  

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