martes, 6 de enero de 2015

Amores Rotos



                El humo nublaba parcialmente su visión. Era un humo oscuro, del mismo tipo que cuando su padre quemaba las montañas de plástico viejo. Miró a sus pies. Todo estaba en llamas.
                 La miró a ella, estaba preciosa, llevaba un camisón blanco, el pelo suelto, y la sonrisa por bandera, y también estaba en llamas. Su imagen se rompió en cientos de pedazos. Un cristal que ha explotado tras un golpe sordo. Y se volvió a reconstruir. Detrás de ella apareció un ser extraño, tenía garras, ojos rojos y carecía de piel. Susurraba: "Ella no puede hacer nada por ti, nada bueno, mira como se destruye y te deja solo".
                 Ella sonrió y su imagen volvió a estallar. Los pedazos saltaron contra el y sin compasión le azotaron el cuerpo.
                 "Ella sólo quiere hacerte daño, debes impedírselo, acaba con ella antes de que lo haga".
                 El demonio desapareció cuando ella volvió a reconstruirse. Sonrió otra vez. El humo la hizo desvanecerse durante dos segundos.
                 Un rayo la partió por la mitad.
                 Volvió a sonreír.
                 Murió de doscientas maneras distintas delante de él en menos de quince segundos.
                 Nunca dejó de sonreír.
                 El demonio le agarró el brazo derecho y volvió a decirle: "¿No has sufrido bastante? Mátala con tus propias manos, acaba con tu tortura, que nunca más vuelva a aparecer".
                 Miró sus manos, estaban en llamas. La piel desaparecía y sus venas y músculos quedaban al aire. Luego la piel volvía a aparecer y a arder.
                 Un cuadro roto.
                Ella se quitó el camisón. El camisón se deshizo en polvo en el aire. Salieron virutas azules de sus restos.
                El la miró. La piel de ella se rajó, una y otra vez. Ardió. Donde estuvieron sus pezones aparecieron dos enormes cicatrices sangrientas.
                Sonó un piano acelerado.
                 Ella explotó en pedazos de sangre. Y sus pedazos ardieron.
                 El se desnudó también.
                Su ropa no explotó, fue devorada por una serpiente que surcaba el humo.
                El demonio dejó que notara sus garras por la espalda: "Aún estás a tiempo, aún puedes salvarte, sólo tienes que matarla".
                Sus pies ardían, olían a quemado y dejaban de arder, no siempre en el mismo orden.
                Su vientre se rajó y sus órganos cayeron, desparramados. El tiempo se invirtió y volvieron a su posición original. Después se rajó su brazo y el hueso vio la luz por primera vez en su vida.
                 El humo envolvió el hueso y este volvió a esconderse en la piel.
                 Él dio un paso junto a ella. Pisó sobre cristales rotos, pudo oír el ruido. Ella también dio un paso. Él la vio estallar y vio al demonio detrás de ella rasgar sus pedazos cientos de veces.
                 Se abrazaron desnudos. El fuego los devoró.
                 Ella susurró primero: "Mi arcángel celestial me dice que eres un demonio y mi salvación está en matarte".
                 Él respondió: "Mi demonio dice que eres la única causa de mi sufrimiento".
                 Lloraron, abrazados, en medio del fuego que no ardía.
                 Lloraron por su condena irremediable.
                 Lloraron sin poder estar seguros de sí realmente el otro existía.

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