martes, 6 de enero de 2015

Human 404

“Era aproximadamente el año 2070, ya nadie tenía clara la fecha. El mundo había quedado arrasado tras una guerra devastadora para ambos bandos. Los grandes gigantes de la informática compraron los derechos de imagen de las personas y desarrollaron androides idénticos a ellos. Ante la posibilidad más remota de sugestión que un androide podría reemplazar a un muerto, la humanidad acabó dejando ver sus sentimientos teológicos más profundos y consideraron esto una aberración. La población de androides era de mil millones cuando comenzaron a ejecutarlos públicamente.
Nadie podía imaginarse, que los androides se rebelarían. Tomaron el control de las empresas que los crearon, y maximizaron su propio ensamblaje en masa. La humanidad activó los planes de defensa de máximo nivel, la OTAN levantó temporalmente las restricciones nucleares.
Y aún así, perdimos.
Me llamo Willian Highes, y creo que soy el último humano.
Llevo años vagando por todo lo que antes se conocía como Norte América. Los androides establecieron su propia sociedad, y han reconstruido algunas ciudades. Ser humano es un crimen imperdonable para ellos. Cuando era joven, había más como yo, no sé que ha sido de ellos, dudo que estén vivos.
Actualmente me encuentro en una zona devastada en Nueva York. Espero poder vivir un día más.”

William cerró el diario, lo guardó, y volvió a mirar en derredor. Estaba en un bloque de apartamentos en ruinas, lleno de polvo y paredes derruidas. Más o menos la imagen típica de todos los lugares por aquella época. Era de día. La guerra nuclear había desestabilizado el clima durante unos años y ahora sólo existía el invierno y el verano. Era verano, había muchas horas de luz, y eso dificultaba su movimiento. Nunca se quedaba en el mismo lugar más de una semana, era un suicidio.
Llevaba años escapando solo y el no relajarse, le permitía seguir vivo. A veces desesperaba y pensaba que lo mejor era suicidarse, que aquello no tenía sentido, no podría reproducirse, no había sabido nada de otras personas. Él era el último, y no podía hacer nada.
Pero siempre estaba la luz de la esperanza, soñaba con un bastión, una fortaleza humana a la que los androides no podían llegar. Más personas le esperaban, y allí podría luchar.
Y los sueños siempre acaban afectando a nuestra realidad.
Tenía todo lo necesario para moverse, salió por los callejones. Los Androides solían usar aeronaves, totalmente silenciosas después del invento de la propulsión de hidrógeno, y sobrevolaban las ciudades a una altura elevada. Lo cual le permitía a uno desplazarse con cierta libertad.
Lo mejor que podía hacer era ir hacia el sur, hacia Filadelfia. Todo el territorio norte estaba ya ocupado por los androides, y se vio obligado a abandonar el oeste cuando empezaron la reconstrucción de Seattle. El gran problema era que casi toda la vegetación había desaparecido, con lo cual, ir bordeando la carretera era estúpido.Antes podría haberse escondido entre los enormes árboles a ambos lados de la calzada. Ahora, no quedaba nada.
Rezó para que su suerte no le abandonara, y empezó a andar sobre el asfalto, directo hacia el sur. Comprobó que su ruta era correcta con un desvencijado cartel en el suelo. Y no se detuvo.
El tiempo pasaba lentamente, mientras el sol irradiaba todo su calor. El camino era largo, casi cuatrocientos kilómetros, pero no podía pararse a descansar,cada segundo que permanecía a la intemperie, era tentar a la suerte.
Pasaron, las horas, se hizo de noche y de dia un par de veces. Estaba exhausto, pero por fin supo que estaba llegando. Ya podía vislumbrar la sombra de Filadelfia.
Hasta que oyó la sirena.
Entró en pánico. Miró hacia arriba y tuvo la suerte de que el giro de su cuerpo impidió que una bala le atravesara el hombro izquierdo.
Echó a correr, solo puedes correr en estas situaciones.
La sirena sonaba incesante, mientras él no paraba usar todas las energías que le quedaban, 30 segundos antes, estaba agotado. Ahora, el miedo bloqueaba totalmente esa sensación. Empezó a perderse en los callejones de la ciudad. A huir como su experiencia le había enseñado.
Cuando creyó que los había evitado, mientras estaba apoyado contra una pared, vigilando, una bala le alcanzó el gemelo derecho. Aulló de dolor, y empezó a correr, ignorando todo el cansancio que había regresado debido a que el dolor se enfrentaba de igual a igual con el miedo.
Corrió como nunca, se perdió entre edificios para salir por lugares inesperados. Al final, dejó de oír la sirena. Se recostó en un callejón, casi en un estado de inconsciencia, mientras su cerebro le volvía a traicionar, mencionándole la idea del suicidio.
Un movimiento tras una caja, le hizo reaccionar violentamente, pero sin mucho resultado, ya casi no podía moverse. La bala no había salido, y el haber corrido con ella alojada en su pierna, le había destrozado. Pero tras la caja, solo se ocultaba una rata. Mucha gente odia las ratas, pero en ese momento, el hecho de ver a otro ser vivo, le resultó maravilloso. La rata se quedó delante de él, en la otra pared, mirándole. Él sonreía. Y cuando alzó la vista, vio, como se desprendía una ventana, que había soportado con sus goznes oxidados más de lo que podía. No tuvo que esforzarse para predecir la trayectoria que llevaba. Y no pudo hacer nada por evitarlo. La rata murió seccionada entre los pedazos de cristal que estallaron.
      William se echó a reír, lo vio claramente, entre toda la sangre de la rata, vislumbró esos cables de neurofibra, que caracterizan a todos los seres cibernéticos. Y por su alma pasó una idea tan oscura, que cuando la terminó de asimilar, ya estaba arrastrándose contra los pedazos de cristal. Se hizo con uno lo suficientemente grande, y lo agarró sin cuidado. Por su mano fluyó sangre, pero le daba igual. Sentado en el suelo, hundió el cristal, en la pierna herida, el dolor le hizo gritar mientras lo hacía, y la sombra de su corazón que era quien realmente le hacía llorar, le impedía detenerse. Rasgó la piel, brotó sangre. Y debajo de esa sangre, la vio, la neurofibra que también atravesaba su cuerpo.

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