martes, 6 de enero de 2015

La chica del autobús

La primera vez que la vi yo sólo tenía veintidós años, que por aquel entonces ya me parecían muchos. Aún estaba en la universidad y como siempre, al terminar las clases, me dirigí a coger el autobús. Ese día me retrasé cinco minutos, y llegué justo cuando el que me tocaba estaba saliendo. Quise correr, pero la pereza era muy fuerte en esa época y me daba miedo hacer el rídiculo si este no paraba. Me tocaba esperar media hora como siempre.
La estación reúne a una innumerable cantidad de personas distintas. Desde ancianos que parece ser que han acogido el hobby de pasar el día allí hasta adolescentes que salen por primera vez. Una de las tribus más importantes es la de universitarios, gente que va de aquí para allá con carpetas o mochilas y siempre llenos de cosas. (Yo siempre fui de los de mochila).
Tras pasar aquellos treinta minutos, básicamente, mirando a las musarañas y chateando por Whatsapp, me subí al autobús. Delante de mí había una chica bastante patosa. Llevaba las manos cargadas, antes de subir al autobús de hecho, se le cayó la botella de Pepsi. Debería haberla ayudado, pero la recogió rápidamente. Cuando se agachó, me fijé que llevaba un libro en las manos: «Las pruebas » de de James Dashner. Me picó la curiosidad. Se sentó en el asiento previo a la salida trasera. Yo me senté en paralelo, en el asiento opuesto. Ella tardó un poco en empezar a leer. Como soy muy alto, siempre he hecho lo mismo en el transporte público, apoyarme contra el cristal y sentarme de lado para poder estirar las piernas. Así que indirectamente, la veía.
Tenía la piel blanca, el pelo negro y llevaba una camiseta de Hogwarts. No pude verle el color de los ojos, pero me parecieron tan oscuros como su pelo. Los cabellos que cabían sobre su pecho, estaban teñidos de azul oscuro, me pareció un color bonito. Se comió el bocadillo de pollo que llevaba y bebió un poco de Pepsi. Yo por entonces, ya tenía abierto el ebook, continuaba con otro relato de: «Sauce ciego, mujer dormida». Quería preguntarle muchas cosas. Me pregunto si alguna vez me miró y me despreció por abandonar el papel y la tinta.
Cuando empezó a leer me fijé en sus manos, no llevaba las uñas pintadas y trataba al libro con dulzura. También me fijé en su expresión, tenía una cara triste. Me gustó mucho esa expresión. No me gustaba que ella estuviera triste, pero su cara parecía más bonita cuando tenía una expresión triste. Quise darle el ebook con un relato de Murakami abierto: «Avión o como hablaba a solas como si recitara un poema». Pero no me atreví. Seguí leyendo.
El autobús avanzaba, cada vez se acercaba más a mi pueblo. Pensé que siendo una mujer tan peculiar se bajaría cerca de la ciudad. Que en las afueras las chicas como ella no tenían cabida. Pero salimos de la ciudad y ella seguía leyendo. Por un instante quise tocarle el brazo y preguntarle si había leído algo mío. Pero luego recordé que no era escritor, que solamente soñaba con serlo y los sueños no son la realidad.
Seguí leyendo, quería preguntarle si había leído a Murakami. Esa pregunta me parecía sumamente importante. Pero no se la hice. Llegó su parada. Se bajó en el pueblo de al lado. Y desapareció. Apareció por la casualidad de que se escapara el autobús y desapareció por mi cobardía. La chica que tomaba el autobús a las doce y cuarto los jueves.
Dejé escapar los siguientes autobuses a propósito. Y se convirtió en mi afición diaria ver que libros llevaba en las manos. Un día, me aventuré y compré en una librería: «Tokyo Blues». Cuando la vi en el autobús. Se lo regalé. Le dije que era un libro muy importante para mí. Y que me gustaría que lo leyera.
A la siguiente semana ya se lo había leído. Y me dijo que le había gustado mucho. Le dije que era un libro muy importante para mí porque era de mi escritor preferido, y yo soñaba con ser escritor. Me pidió si podía leer algo mío. Imprimí mi primer relato y se lo di al jueves siguiente. Nunca la vi usar el móvil, así que nunca se lo pedí. Antes de llegar a su parada ya se lo había leído y me pidió otro.
Durante unas semanas, mantuvimos ese juego. Yo le traía un relato impreso y ella lo leía. Me gustaban sus consejos. Creo que lo que más ilusión me hacía, era que a ella le gustaban las historias tristes, así que yo escribía lo que me gustaba.
Un día, no apareció. Esperé más de una hora y no vino. Quizás se hubiera puesto enferma. Al jueves siguiente, tampoco vino. Dejé de verla, ya no cogía el autobús de las doce y cuarto. Cuando quise darme cuenta, yo tampoco esperaba al autobús. Sabía que no la volvería a ver.
Años más tarde y hace escasamente una semana, mi coche se “suicidió”. Empezó a expulsar mucho humo y a hacer ruidos extraños hasta que el motor emitió un desagradable sonido metálico y quedó inerte. Así que me tocó ir a dar una charla en la universidad en transporte público. Se subió en el pueblo de al lado. La reconocí en seguida, reconocí su expresión triste. La saludé y ella me saludó. Lo que pasó instantes después, es demasiado maravilloso.
Me enseñó un libro que llevaba en la mochila. Mi primer libro. Me pidió que se lo dedicara. Le dije que ni siquiera sabía su nombre, que nunca se lo había preguntado. Que realmente era injusto, puesto que yo firmaba todos mis relatos y nunca le había pedido el suyo. Sacó otro libro. «Las decisiones de las mariposas», ella misma era la autora. Lo comprendí al ver su sonrisa señalando el nombre. Me lo regaló. Hablamos un poco, ella era filóloga y daba clases en la universidad. Al parecer hace poco que había empezado a publicar. Le dije que leería su novela y opinaría para compensar todo el tiempo que ella opinó sobre mis relatos.
Vi la dedicatoria. Un día le pregunté si le gustaba alguna dedicatoria en particular. Me dijo que nunca se fijaba en ellas. Yo le dije que son muy importantes, que Patrick Rotfhuss puso una maravillosa y me había fascinado. La suya me pareció casi igual de buena: «A mi marido que siempre me apoyó, a mi primer hijo que siempre me inspiró y al chico de los relatos en el autobús, que ya ha cumplido sus sueños y aquí empiezo yo a cumplir los míos».
Aunque ahora sigue sin usar móvil, sé donde trabaja. De vez en cuando, me acerco a su facultad y la invito a tomar un café. Siempre quiere que le lleve algún relato y yo a veces, le pido algunos a cambio.

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